Revista RUTAS, año I, n.º 9, marzo 1965.
Perioricidad: quincenal.
Tirada: 250 ejemplares.
Domicilio: Avda. Escuelas, 15.
Comité de redacción: Francisco Figueras Sola, Antonio Gámez Aranda, Angelita Guerrero, Silvestre López Garcés, Julián Mellen, Luis Salas Galán.
Archivo personal de Eugenio Figueroa Román.
Texto de la páginas 9 y 2. Texto revisado. Artículo, a partir de su experiencia personal, de Esteban Fernández sobre la ética masculina respecto al trato de la mujer, que condena la misoginia y el machismo por la perversión moral que entrañan y apela al poder del ejemplo, de la educación y la vida ordenada para construir a los verdaderos hombres.
CARTA A MI PRIMER OFICIAL
Amigo Andrés: Es raro que recibas estas letras, pero tengo que comunicarte algo, mejor recordarte. ¿Te acuerdas de Manolo? Sí, ¿verdad? De esto hace varios años. Soy yo, tú aprendiz, como me llamabas; la verdad es que eso siempre me fastidiaba. No entendía porque tenía que ser «tu aprendiz» y ahora creo comprender. Pretendías hacerme un hombre a la inversa de lo natural, a base de ir asimilando las lecciones que con tu proceder y tu forma de vida me dabas. Tenías especial interés por mí, aun cuando nada hacías por que realizase algo aprovechable. Cuando vine del pueblo, mi padre me llevó al taller. Pretendía crearme un porvenir y la verdad es que bien poco lo hiciste. Ni eso siquiera: que me hicieses un hombre sería pedir demasiado, pero lo otro... / Yo no era entonces muy espabilado, pero bien pronto me sacudí el aire provinciano a base de lecciones de saber de la vida que con tu basto proceder me ibas dando. Al principio, las pornografías y conversaciones inmorales me asustaron, después me hice a ello, ¡cómo no!, no se requieren grandes cualidades para estudiar esa materia; es todo tan sencillo y agradable... El baile comenzó a ser mi fin de los domingos, después algunos días a la semana también. Me hiciste tener un concepto de la mujer completamente diferente del que es en realidad. Los chistes groseros me agradaban de lo lindo: cuando de mi cosecha particular contaba y te reías, me ponía de ancho «que pa'qué», y todo en poco tiempo, con 14 años y gracias a ti. Entonces no lo comprendía; lo agradable, lo bonito, lo fácil era lo mío. Me hiciste comenzar a andar en la vida por tu camino. No sabía otro. Un camino que, de haber continuado por él, no sé hasta dónde hubiera llegado. Fueron unos años totalmente equivocados. Después todo cambió: ahora soy oficial y tengo a mi cargo a un aprendiz. Muchas veces pienso qué sería de él si hubiese caído junto a ti. Hubieras hecho lo que conmigo y como tú tantos y tantos oficiales e instructores de aprendices que cada año ingresan en el mundo del trabajo en busca de su porvenir y se encuentran con algo que les es desconocido y que, gracias a nosotros, aceptan. Estos jóvenes, Andrés, son una materia nueva que nos dan para transformar y que serán lo que nosotros queramos. La mayor parte del día están junto a nosotros y son unos niños. Harán lo que nos vean hacer a nosotros, es grave la responsabilidad que tenemos, ya que está en nuestras manos la iniciación de los auténticos hombres del futuro. Nuestra enseñanza no debe ser solo en el campo profesional. Si sus padres nos los entregan, correspondamos en auténtica solidaridad y hagámoslos hombres de verdad. Pero, para esto, necesitamos estar formados y, si no nos han enseñado a nosotros, ¿qué vamos a hacer? Si no sabemos nada, por lo menos no los destrocemos enseñándoles un camino por el que nunca deben empezar a andar. / De haber seguido yo por el camino que comencé, habría llegado a ser como tú, un obrero irresponsable y de los que desmerecen la clase obrera, un don nadie que va guiado por lo que más brilla, lo más fácil, lo sencillo. ¿[Con] qué ideas podría haber llegado al matrimonio? Habría ido sin formación, sin conocer a fondo lo que hacía como tantos.
¿Qué hubiera hecho como padre en la vida de hogar, en la sociedad? Y todo por unos principios erróneos que mi primer oficial me inculcó porque quería que me hiciese un hombre. / Piensa un poco, Andrés y no se repita la faena que me hiciste (que gracias a Dios, no se llegó a consumar) con otro aprendiz porque de nuestro proceder y su influencia depende, en gran parte, que haya buenos profesionales, buenos hombres, buenos cristianos. / Se despide de ti con un saludo, / ESTEBAN FERNÁNDEZ


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