Revista RUTAS, año I, n.º 5, 30-11-1964.
Perioricidad: quincenal.
Tirada: 200 ejemplares.
Domicilio: Avda. Escuelas, 15.
Comité de redacción: Francisco Figueras Sola, Antonio Gámez Aranda, Angelita Guerrero, Silvestre López Garcés, Julián Mellen, Luis Salas Galán.
Origen: archivo personal de Amparo Figueroa Saavedra.
Texto de la página 7. Transcripción revisada. Texto de Luis Ruiz-Roso.
... ENSUEÑO
Hade un momento vino a hablarme el viento. Sus palabras sin sentido las fui yo hilvanando con el hilo del recuerdo. Por eso comprendí todo lo que me dijo.— Desde lejos, atravesando montañas, llanos áridos, campiñas fértiles, me traía su mensaje. Su hablar era misterioso, pero yo lo comprendí enseguida. Me era familiar el tintineo de sus pasos. Su cadencia sonó en mis oídos como un centenar de cantares a los que yo estaba acostumbrado a repetir. Pero la calma del fuego sopló de pronto en sus alas y murió... Recuerdo: / Una ventana abierta al amanecer, detrás ella, trato de romper las tinieblas debilitadas por el crepúsculo, el olor agreste del tomillo, del romero, de la jara embalsamada. De pronto, un rayo de sol naciente ciega mis pupilas, parpadeo y veo unas montañas grises, peladas, olivos verdes de verde tono intenso, como el punzar continuo de lo imposible, casitas blancas como sonrisas de niño, tan blancas estas como sed de infinito, chimeneas, campanarios donde aún quedan jirones de niebla, una franja de tierra llana gris, con pinceladas blancas de ovejas; más allá, en un claro bosque de altos álamos, una ermita con su campanita sorda, callada, que humildemente nos pide una oración.— En este rincón olvidado, mora mi ensueño remoto. Todo el mundo puede ver este rinconcito verde entre los álamos altos; pero de nadie se deja ver mi ensueño. / Lo trajo a la vida mi ansia de paz, de belleza sosegada, solitaria, sin testigos. Solo mi pensamiento puede disponer el diálogo con él. Anhelo vivir con todas las ventanas abiertas como mis ansias de horizontes lejanos. Y yo dentro siempre, dialogando con lo infinito, con lo íntimo, con la soledad, subido al campanario, flagelado a todas horas por el látigo de los vientos. Con el placer de dedicar a la Señora morena que lo habita una sonrisa noble, abierta, sincera de hijo. Con montañas peladas, llanos pardos y olivos verdes y rayos de sol naciente, fingí el cuerpo de un ensueño y lo vestí enseguida con la zamarra de un pastor que abre el redil al soplo del amanecer... La infundí el alma con el placer sereno, infinito, misterioso, que da la presencia de la Madre. Y el bosque de álamos copudos, todos los años por el final del estío, se cubre de vida. Pululan en él hombres de piel tostada, morena; porque semo ansina del coló pardo de la tierra... y mocitos que a todas horas lanzan al viento el cascabel de su gozo... y adolescentes de pupilas en las que se leen inquietudes conocidas por sin nombre... y serenidades martirizadas y cansancios de ancianidad sin reposo. Todos los años pasan por entre estos álamos y cantan y ríen y beben y beben y bailan y todos los años se van quizá para no volver. También sobre el gris verde del llano aparecen todas las mañanas el apaciente rebaño de ovejas... Y todas las tardes regresan con la claridad del crepúsculo... ¡y el lienzo se queda sin pinceladas blancas que la aurora borra, a la alborada! Pero en el rinconcito verde, entre los álamos copudos, siempre, siempre lo mismo en verano como en invierno, de día y de noche, vive mi ensueño remoto que, para mí, hice yo de montañas grises, llanos pardos, olivos verdes, de alborada, de sol. / L. R.-R.

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