Revista RUTAS, año I, n.º 5, 30-11-1964.
Perioricidad: quincenal.
Tirada: 200 ejemplares.
Domicilio: Avda. Escuelas, 15.
Comité de redacción: Francisco Figueras Sola, Antonio Gámez Aranda, Angelita Guerrero, Silvestre López Garcés, Julián Mellen, Luis Salas Galán.
Origen: archivo personal de Amparo Figueroa Saavedra.
Texto de la página 5. Transcripción revisada. Artículo de Pedro Solís sobre los conductores de tranvías. El servicio de tranvías desaparecería de Madrid capital en 1972.
ORACIÓN POR EL CONDUCTOR DEL TRANVÍA
Tendría muchas cosas importantes que decirte, Señor, pero hoy quiero hablarte del hombre aquel de la gorra azul y la cara cansada que conducía el tranvía en que regresé del taller. De él. Y también de todos esos hombres que, detrás de un parabrisas, están encadenados a la monotonía de un circuito, siempre igual, siempre el mismo. / Casi nunca me pongo a pensar en ellos. Me parece tan natural el mecanismo de los servicios públicos que fácilmente convierto a los hombres que lo hacen funcionar en meros tornillos del engranaje. / Hoy, en cambio, sentí de pronto que aquel hombre de la gorra azul era también un hermano mío. Claro. Si seguramente que hasta tiene sus pequeños problemas domésticos. Seguramente tiene que estirar el sueldo para que los chavales (quién sabe cuántos) puedan ir al colegio y... también al fútbol, alguna vez siquiera. / De pronto, me di cuenta de que, mientras yo me aburro (porque a veces me aburro) en mi trabajo, él también debe aburrirse un poco, prisionero de la férrea insistencia de esos rieles que nunca se terminan. Y, seguramente, tiene pequeños problemas en su casa... Claro, después de todo, no solo es una pieza más del tranvía. Así, con la gorra azul y todo, es también un hermano mío. / También me dio un poco de vergüenza, no sé. A mí me gusta viajar cómodo, y me indigna mucho que el tranvía tarde en llegar. Claro. Es muy fácil quejarse de los demás. Y también es fácil que no tengan ellos la culpa. Hay tanto embotellamiento, tanto semáforo. / Pero lo que más me sorprendió fue que, a pesar de su cara de cansancio, aquel hombre sonrió a la señora del abrigo verde que le preguntó (quién sabe cuántas veces le habrían preguntado ese día lo mismo) por la parada en que debía bajar para ir a... Y sonrió. A pesar de su cansancio. Y seguramente tiene pequeños problemas en casa. / Y después, adelante. Siempre los mismo. Siempre el mismo recorrido. Debe saberse de memoria los huecos que hay en las calzadas. ¡Señor! Haz que no olvide tan fácilmente que también esos hombres anónimos de la gorra azul son también mis hermanos. ¡Señor! Hazme comprender la sonrisa en medio de la monotonía. / por PEDRO SOLÍS.

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