Revista RUTAS, año I, n.º 9, marzo 1965.
Perioricidad: quincenal.
Tirada: 250 ejemplares.
Domicilio: Avda. Escuelas, 15.
Origen: archivo personal de Eugenio Figueroa Román.
Texto de la página 3-4. Transcripción revisada. Artículo del padre Arias que revisa críticamente el papel de la Iglesia en la sociedad capitalista y reivindica la figura de un Cristo de los pobres.
¿QUIÉNES LO MATARÍAN HOY?
Insertamos a continuación un artículo del director de la revista Madre y Maestra, el padre Arias, interesante, palpitante, vivo y real, que creemos será muy interesante. (Este artículo ha sido presentado al premio Mariano de Cavia 1963, obteniendo un inmejorable puesto)
Cuando este periódico esté en sus manos, habrá estallado ya la alegría de la Pascua. El gran día de los cristianos. la vida vence a la muerte y se nos abren de par en par las puertas a la esperanza. Pero... no es un sermón lo que voy a hacerles, no se asusten. Quiero más bien hacerme una pregunta a mí mismo, pero en voz alta, para que la escuchen todos ustedes, cuantos me escriben con los más complejos problemas. Vivimos en el siglo XX. Las circunstancias históricas son muy distintas a aquellas históricas del siglo I, cuando la vida de aquel galileo misterioso, que se llamaba Jesús y era hijo de un artesano, culminó en el drama del Calvario. / Quería preguntarme: si, trasplantados los acontecimientos a nuestro siglo, Cristo viviese hoy, en el año 1963, y predicase y actuase como lo hizo entonces, ¿quiénes lo matarían hoy? ¿A quiénes estorbaría? ¿Quiénes maquinarían mil artilugios para sellarle los labios? También aquí sería interesante una encuesta. Y yo me atrevo a dar el primer paso. Es solo una opinión, muy personal, que ustedes son libres de aceptarla o rebatirla. / Hay en nosotros, todos, una predisposición innata a prejuzgar las cosas y los acontecimientos en desventaja del débil, del paria, del donnadie. Lo vemos en los mil detalles cotidianos de nuestra vida. Nos entregan la tarjeta de visita de alguien cuyo nombre no nos suena y pensamos instintivamente: ¿será un plomo? Desaparece algo en la casa: se registra el cuarto de la muchacha. Surge un litigio entre don Nadie y don Alguien y la cosa no está clara —y a veces aun estando muy clara— y... Pobre don Nadie... / Por eso, entre los que viven en las cumbres de su poder y de su egoísmo —y, por supuesto, teniendo el Evangelio encuadernado, en su lujosa biblioteca— me atrevo a adelantar que la encuesta daría este resultado: A Cristo lo matarían los mismos que quemarían de nuevo nuestras iglesias y asesinarían a nuestros sacerdotes si les dejasen. Toda esa masa obrera alejada prácticamente de la Iglesia, que nunca está conforme con nada y duerme con la tea revolucionaria debajo de la almohada, esperando la primera oportunidad. Los de abajo, en una palabra, que son —piensan ellos— los que están contra Cristo y su Iglesia. / ¿Será así realmente? ¿Pues así en tiempos de Cristo? ¿Lo mató el pueblo? / Dirán: «¡Claro!, ellos, la masa borracha de odio, desagradecida, le arrastró a la cruz». / ¿Seguro? / Perdónenme, pero no estoy de acuerdo. Ni lo estuvo Cristo, quien no solo perdonó a la masa, sino que la excusó: «Perdónalos porque no saben lo que hacen». / ¿Quiénes lo sabían entonces? Precisamente los que no estaban al pie de la cruz, sino bien arrellanados en sus sofás, con las manos muy limpias y la conciencia muy sucia. Los que envenenaron al pueblo. Los que se sirvieron de su poder, de su talento y de su astucia para deshacerse de aquel profeta incómodo que venía con una doctrina nueva que no rimaba con sus esquemas egoístas; que se atrevía a llamarles zorras, que venía con una doctrina nueva que no gustaba, a ellos, a los Grandes de Israel; raza de víboras a ellos, que vigilaban la pureza de la ley mientras él se permitía el lujo de perdonar a las adúlteras, alternar con pecadores y dejarse perfumar los pies por prostitutas arrepentidas. Cristo era el demagogo que amotinaba a los pobres y anatematizaba a los ricos. / A este Cristo lo mataron los poderosos de Israel, los doctores de la ley, los santones, los sacerdotes. Todos aquellos a quienes les falló la humildad para aceptar sus enseñanzas y coraje para abrazar su doctrina de amor al prójimo y confianza ciega en Dios y no en su talento, ni en su poder, ni en su dinero.
El pueblo no fue más que un mero instrumento bajo sus torvas intrigas. El pueblo amaba a Cristo, lo seguía fascinado, olvidándose hasta de comer. Como lo seguiría hoy si volviese a la tierra y predicase el Evangelio sin amaños ni remiendos y con valentía. El pobre es siempre el mejor dispuesto a aceptar la doctrina del amor y de la esperanza. El cristianismo es una sublime aventura. Un abandonarse en los brazos de un Dios invisible a nuestros ojos, pero tangible a nuestra bondad, de justicia y de paz. / Nadie mejor que el débil y el pobre, que nada tienen que perder y sí mucho que ganar, para no querer desprenderse de Cristo y exclamar como el apóstol: «¿A quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna». / A clero y fieles católicos debería hacernos temblar esta interrogante: ¿Por qué la masa obrera, el pobre, sigue descristianizado? Y no nos contentemos con respuestas-tópicos que no nos convencen ni a nosotros mismos. La realidad es que deberían ser ellos quienes abarrotasen nuestras iglesias y los primeros en abrazarse a la doctrina de Cristo que los protege, los prefiere, les bendice y les da una esperanza como nadie. / Repito: ¿por qué? / Hoy, como ayer, a Cristo le matarían de nuevo el poder y la riqueza y el mismo clero porque el cristianismo auténtico, el de ley, no admite maridajes con becerros de oro, mientras Cristo siga vivo en sus hijos hambrientos y desvalidos. Bien está cumplir con los preceptos de la Iglesia; pero de nada servirá si esos mismos que así cumplen siguen robando, y robar es pagar el salario mínimo legal cuando se puede pagar tres o cuatro veces más. Y es robar tener miles de pisos y palacios vacíos mientras millares de familias viven amontonadas como conejos en cuevas y barracas. Y no me pongan el disco de que estos tales no saben vivir en un piso. Está muy sabido y rayado. Es una música que no sirve para el corazón de un cristiano, que ha de ser grande como el de una madre. / Cristo hablaría otra vez muy claro y volvería a llamarnos hipócritas. Y volvería a ser Él tan pobre que no tendría dónde reclinar la cabeza y tendría que vivir de prestado. Aunque, eso sí, se acomodaría a las circunstancias, sería el hombre más actual y más comprensivo, el más humano pero muy pobre. / A un Cristo así, sin pelos en la lengua, con su ejemplo por delante, con el látigo en la mano para arrojar de la Iglesia a cuantos trafican injustamente, y con el corazón desbordado de bondad, comprensión y misericordia para todo cuanto significa debilidad y miseria, ¿le matarían los pobres, los obreros, los débiles, los del suburbio? / ¡Ni hablar, amigos! / El balance sería este: / Los ricos egoístas: «Es un demagogo que amotina a los barrios» / Los poderosos injustos: «Es un chalado revolucionario que viene a minar la ley». / El clero burgués: «Es un fanático que busca singularidades. Un extremista». Los corazones generosos, los pobres, los sencillos: «Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». / Padre ARIAS


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