Ciudad y barrio, en Rutas 9

Revista RUTAS, año I, n.º 9, marzo 1965.

Perioricidad: quincenal. 

Tirada: 250 ejemplares. 

Domicilio: Avda. Escuelas, 15.

Origen: archivo personal de Eugenio Figueroa Román.


Texto de la página 6. Transcripción revisada. Artículo del padre José María Llanos ensalzando la vida de barrio y la virtud de sus habitantes, desde la disyuntiva ciudad/suburbio.

CIUDAD Y BARRIO

— A cada uno lo suyo, de cada uno lo propio. Un gran peligro que puede tener un joven de suburbio es olvidar la distinción entre barrio y ciudad. A esta le debe sus servicios, de ella recibe ciertos bienes. Pero también debe al barrio y también tiene que pagarle a la barriada lo que le debe. Renegar de la ciudad estando en el suburbio es necedad, pero ir perdiendo afecto a la barriada viviendo en ella puede ser traición. Y la ciudad está ahí con toda su fuerza atrayendo y descastando... / — A la ciudad debéis el jornal que se gana con una asiduidad y puntualidad y seriedad en el trabajo, ¡no faltaba más! Con vuestro trabajo servís a la capital; ella os paga mal, pero paga. Vuestro trabajo es para Madrid, el cual os ofrece además ciertas formas externas, cierto barniz ciudadano que se manifiesta en el vestir, en el hablar y, sobre todo, en una apertura al mundo. Desde la ciudad ¡se ve tan pequeño el barrio! Es un adelanto, un progreso, sentirse en Madrid miembro de una gran colectividad, es un bien indiscutible sentirse desde Madrid parte de una civilización, de un mundo abierto, universal. Esto os libera de ser el palurdo, el paleto, el apoquinado vecino del rinconcito aldeano o suburbano que anda con miedo por las anchas calles de la ciudad. Esto no, de ningún modo, pero... / — El suburbio os dio tierra, en el suburbio está el hogar y, en torno del hogar, los vecinos, los cuales deben ser los amigos y las amigas. Y en el suburbio os bendecirán un día cuando os caséis. El barrio, pues, encierra un conjunto de valores efectivos que no brinda muchas veces Madrid, tan grande como frío. Y, ¡ay del hombre que se olvide que tiene barrio y poco a poco se empeñe en ir viviendo de espaldas a él y metido de hoz y coz en la ciudad! ¡Ay del desgraciado que reniega de su barriada, que es como la certeza de su hogar y familia! Traición, decía, traición y descastamiento. / — Si en la ciudad hay que trabajar, en el barrio hay que divertirse. Si en la ciudad están los jefes y los camaradas de trabajo, en el barrio los amigos de verdad, la novia y, sobre todo, ¡los padres! Si la ciudad da cultura, el barrio da cariño y alegría. La capital, por lujosa y por grande, no puede ser alegre y tierna. En Madrid no habréis visto nunca academias donde enseñen a reír. Y mucho menos a amar. A lo más, cosas de baile y de cine..., pero baile y cine para los ciudadanos. Ellos son de allí también los domingos; vosotros sois de barrio especialmente los domingos. Un suburbio es como una llama: atrae y rechaza. Un suburbano que en sus fiestas se escapa fatalmente a la ciudad, porque no aguanta en su barriada, es como un desertor, o más bien una víctima. Madrid lo ha engañado y sorbido el seso. Y con el seso suele perder el corazón y otras cosas más nobles todavía. / — En el suburbio, pues, el centro de gravedad, el punto de partida para la vida dura de la ciudad. Todos conocéis a esas chicas que, sirviendo en la ciudad, se niegan a dormir en casa de los señoritos, sencillamente porque en mitad del barro existe una chabola donde están sus padres. Pues esto magnífico y ejemplar, esto es lo que hay que saber conservar por todos los jóvenes del barrio ofuscados a veces por Madrid. No os avergoncéis del suburbio y su pobreza. Madrid no os podrá dar nunca el carlos [calor] y la lealtad, el amigo y la alegría de vuestra barriada. A fin de cuentas, Dios mismo, que tiene tantas iglesias importantes allí, Dios «se hizo hombre y puso su casa entre nosotros». Ojo pues a las víctimas de Madrid. Salvémoslas entre todos. / J. M. de L.S.J. [José María de Llanos Sociedad Jesuita]




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